Publicaciones Karlito Marx. - Dos vidas han sido segadas en las calles de Minneapolis por agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). Estos hechos -ocurridos en suelo estadounidense bajo la jurisdicción de sus autoridades-, representan una grave acusación contra las instituciones responsables.
Estos eventos demandan una urgente intervención de los organismos Internacionales, en función de que se cuestione con toda fuerza los métodos y la cultura operativa de dichas agencias.
El activismo que “aspira” a una credibilidad moral universal enfrenta ahora una prueba ineludible: aplicar la misma vara de medición a los actores de los actuales crímenes, sin distinguir entre el país de origen y aquel que asumen en adopción.
El silencio ante las violaciones cometidas por instituciones del país donde residen, no pasa desapercibido. Este desbalance crea la percepción de que la “indignación” de estos sujetos tiene un fondo marcadamente selectivo y una narrativa bajo intereses individuales amplios.
En lugar de responder desde el compromiso con la vida y la justicia para todos, sin excepción, optan por criticar con exclusividad a las autoridades cubanas, cuando las estadounidenses son las criminales.
Hugo Cancio -por ejemplo- a través de una reciente publicación en OnCuba ha patentizado su gran indignación porque en el Parque Central de La Habana ondea en estos momentos una bandera deteriorada, sin embargo, que Carlos Lazo haya colocado nuestro estandarte nacional sobre una máquina de guerra yanqui, en Irak, durante su servicio como sargento en una invasión para saquear este país, le resulta completamente indiferente.
En una entrevista para esta revista -propiedad de suya- Lazo llega a consignar que había salido ilegalmente de la isla, en un segundo plan, por la intolerancia política del régimen cubano que le había arrebatado el derecho a estudiar Medicina.
Estas denuncias al gobierno cubano por su “intolerancia” contra un estudiante de preuniversitario, o contra la Aduana que requisa en los aeropuertos cubanos en virtud de salvaguardar nuestra soberanía, o la reciente violación de la ley de símbolos señalada por Cancio a nuestras autoridades, caen por su propio peso, cuando omiten de sus parlamentos cualquier alusión a los crímenes, ocurridos a la vuelta de la esquina; donde el derecho a la vida es pulverizado.
Estos ejemplos debilitan irremediablemente la autoridad de estos sujetos para señalar algo en cualquier otro lugar.
Ellos no ven que la verdadera defensa de los derechos humanos no admite dobles estándares, sino una condena clara y proporcional contra toda violencia institucional, sin importar el uniforme que la ejerza.
La integridad de un movimiento de solidaridad se mide por la capacidad para mantener su coherencia, entre lo que dice y hace, especialmente cuando denunciar los crímenes o errores propios puede ser políticamente incómodo o conllevar consecuencias contra las aspiraciones individuales.
Solo así es posible construir un discurso creíble y una posición ética, capaz de trascender y honrar, de verdad, a todas las víctimas donde quiera que sean ultrajadas. Hasta ahí asciende la Revolución cubana, de cuyos principios no hablan, como el silencio de los corderos .


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