Mi lista de blogs
Trump contra el mundo, y el mundo contra Trump
Washington atrapado en una telaraña
Más solidaridad con Cuba frente a bloqueo y asedio de EE.UU.
Los corderitos del “escudo de EE.UU. de las Américas”
El imperio mitómano al borde del abismo
Desagradecidos y cobardes
El latido que enfermó a internet: Heartbleed y la fragilidad oculta en el ciberespacio
6 marzo 2026 |
Sean bienvenidos una vez más a Código Seguro, en el día de hoy estimados lectores, comienzo pidiéndoles como cada viernes que pensemos por un momento que vivimos en una ciudad moderna, de esas que nunca duermen, donde cada edificio tiene puertas de acero reforzado, cámaras de vigilancia en cada esquina y sistemas de alarma de última generación.
Ahora bien, imagine que un día descubre que todas esas medidas de seguridad son inútiles porque alguien ha encontrado una pequeña grieta en los cimientos de cada construcción, una fisura tan diminuta que nadie la había notado durante años, pero que permite acceder no solo al vestíbulo de los edificios, sino directamente a las cajas fuertes de los apartamentos, a los diarios personales de los residentes y a las conversaciones más íntimas que ocurren dentro de esas paredes.
Eso, exactamente eso, fue lo que ocurrió en abril de 2014 con una vulnerabilidad que llevaba dos años durmiendo plácidamente en el corazón del software que protege la inmensa mayoría de las comunicaciones en internet, una brecha que recibió el nombre más poético y a la vez más siniestro de la historia de la ciberseguridad: Heartbleed, el latido que sangra.
La solución llegó de la mano de un protocolo llamado SSL (Secure Sockets Layer, o Capa de Puertos Seguros), que luego evolucionó a TLS (Transport Layer Security, o Seguridad de la Capa de Transporte), cuya función es esencialmente crear un túnel secreto entre nuestra computadora y el servidor al que nos conectamos, de manera que todo lo que viaja por ese túnel lo hace cifrado, protegido de miradas indiscretas.
Para que este sistema funcionara de manera universal, se necesitaba una implementación práctica, un código escrito que cualquier programador pudiera utilizar sin tener que reinventar la rueda cada vez que quisiera asegurar una conexión. Esa implementación se llamó OpenSSL, y con el tiempo se convirtió en el cimiento sobre el que se construyó la seguridad de más de dos tercios de los sitios web de todo el planeta, desde los bancos más grandes del mundo hasta las redes sociales que utilizamos a diario, pasando por los servicios de correo electrónico y las tiendas en línea donde realizamos algunas compras.
El problema, y esto es algo que pocos conocen, es que OpenSSL era un proyecto de software libre mantenido por un grupo reducido de voluntarios que trabajaban en su tiempo libre, con presupuestos ridículos comparados con la importancia crítica de su labor. Era como si la seguridad de todas las ciudades del mundo dependiera de un grupo de cerrajeros vocacionales que reparaban las cerraduras con sus propias herramientas y sin recibir un salario acorde al trabajo realizado.
En este contexto, en diciembre de 2011, un desarrollador llamado Robin Seggelmann, que colaboraba con el proyecto, introdujo una pequeña modificación en el código para implementar una funcionalidad relativamente menor del protocolo TLS conocida como Heartbeat, una especie de latido que permite que dos computadoras conectadas se pregunten mutuamente si siguen vivos, si la conexión debe mantenerse activa o puede darse por finalizada.
Este mecanismo es útil para no mantener abiertas conexiones innecesarias que consumen recursos, y funciona de manera muy simple: una computadora envía un paquete de datos al otro diciendo "hola, aquí tienes este mensajito de cuatro letras, y por cierto, el mensajito mide exactamente cuatro letras", y la otra computadora, para demostrar que sigue ahí, debe devolver exactamente esas cuatro letras.
El error que introdujo Seggelmann fue tan sutil que pasó desapercibido incluso para los revisores del código, y durante dos años permaneció oculto en las entrañas de OpenSSL, como una bomba de relojería silenciosa esperando su momento.
El fallo consistía en que el programador olvidó incluir una comprobación básica, de esas que parecen de sentido común cuando uno las explica pero que en la complejidad de miles de líneas de código pueden pasarse por alto fácilmente.
Cuando una computadora recibía un latido, el protocolo le indicaba cuánto medía el mensaje que debía devolver, y el programa, confiando ciegamente en esa información, reservaba un espacio en su memoria del tamaño indicado y copiaba allí los datos que le habían enviado para poder reenviarlos de vuelta.
Pero si un atacante enviaba un mensaje diciendo "aquí tienes este mensajito de cuatro letras, y por cierto, el mensajito mide en realidad sesenta y cinco mil quinientas letras", el servidor vulnerable, sin verificar que esa cifra tuviera algún sentido, reservaba diligentemente un espacio gigantesco en su memoria, copiaba las cuatro letras que efectivamente había recibido, y luego, para completar los sesenta y cinco mil caracteres que el atacante le había pedido, empezaba a rellenar el resto del mensaje con lo que encontrara en los espacios de memoria contiguos, como si un empleado de correos, al recibir un sobre que dice contener cien páginas pero solo tiene una, decidiera completar el paquete arrancando páginas al azar de los informes confidenciales que tiene sobre su mesa y metiéndolas dentro para cumplir con el peso solicitado.
Lo devastador de esta vulnerabilidad era que el atacante podía repetir esta operación una y otra vez, cada vez con una ligera variación en la posición de memoria que quería examinar, y el servidor, dócilmente, le iba entregando fragmentos de todo lo que almacenaba en su memoria viva.
Y en la memoria de un servidor viven cosas fascinantes y terriblemente sensibles: viven las claves privadas que certifican la identidad del servidor, esas que deberían ser el secreto mejor guardado y que permiten a un atacante hacerse pasar por el banco o la red social sin que nadie pueda notar la diferencia; viven las cookies de sesión de los usuarios que están conectados en ese momento, que son como las llaves de taquilla que permiten a alguien sentarse en tu butaca del cine sin necesidad de comprar su propia entrada; viven los mensajes de correo electrónico que se están procesando, las contraseñas que acaban de ser escritas, los números de tarjeta de crédito que están siendo validados.
Durante dos años, cualquier persona con conocimientos técnicos suficientes podría haber estado dando golpecitos rítmicos en los corazones de los servidores de medio mundo y escuchando, latido tras latido, los secretos que esos servidores susurraban sin saberlo.
Cuando la vulnerabilidad fue descubierta de manera independiente por investigadores de la empresa finlandesa Codenomicon y por un empleado de Google, la comunidad técnica contuvo el aliento. La metáfora médica que eligieron para nombrarla resultó escalofriantemente precisa: el corazón de internet estaba sangrando, y había estado sangrando durante años sin que nadie lo notara.
Las consecuencias prácticas fueron inmensurables: no se trataba de un virus que infectara computadoras descuidadas ni de un ataque que requiriera engañar a usuarios incautos, sino de una hemorragia silenciosa en la propia infraestructura de la red, en los cimientos mismos de la confianza digital.
Cada usuario que se había conectado a un servicio afectado durante esos dos años había potencialmente expuesto sus datos más sensibles, y lo peor es que no había forma de saber si alguien había aprovechado la brecha, porque el ataque no dejaba rastro, no alteraba archivos ni generaba alertas, simplemente permitía leer la memoria del servidor con la misma discreción con la que un ladrón de guante blanco hojea documentos en un despacho a oscuras.
La respuesta de emergencia fue titánica, pero como ocurre en estos casos, llegaba tarde y de manera desigual. Los grandes servicios como Google, Facebook o Yahoo! parchearon sus sistemas en cuestión de horas, pero miles de sitios web más pequeños, tiendas en línea de provincias, foros de aficionados, servicios municipales, permanecieron vulnerables durante días o semanas, y muchos de ellos ni siquiera llegaron a enterarse de que sus servidores habían estado exponiendo información confidencial al mundo.
La recomendación general fue cambiar todas las contraseñas, absolutamente todas, pero esa recomendación ocultaba una realidad más compleja: cambiar la contraseña no servía de nada si el servidor seguía siendo vulnerable, porque la nueva contraseña podía ser extraída al día siguiente, y tampoco servía de mucho si las claves privadas del servidor habían sido comprometidas, porque en ese caso el atacante podía descifrar todas las comunicaciones pasadas y futuras sin necesidad de seguir explotando la vulnerabilidad original.
Lo más fascinante y aterrador de Heartbleed no fue tanto la vulnerabilidad en sí misma, sino lo que reveló sobre la fragilidad de nuestro mundo digital. Demostró que la seguridad de internet descansa sobre una base de cristal, mantenida por comunidades de voluntarios cuyo trabajo no recibe el reconocimiento ni la financiación que merece muchas veces.
Demostró que un error minúsculo, una comprobación omitida por fatiga o descuido en apenas un puñado de líneas de código entre cientos de miles, puede poner en jaque la confidencialidad de las comunicaciones de millones de personas.
Demostró que la transparencia del código abierto, que es una de sus mayores fortalezas, puede convertirse también en su talón de Aquiles cuando no hay suficientes ojos revisando ese código con la profundidad necesaria. Y demostró, sobre todo, que en el mundo digital no existen fortalezas inexpugnables, solo castillos con murallas cada vez más altas construidas sobre arenas movedizas.
La paradoja de todo esto es que las soluciones técnicas para evitar estos problemas son bien conocidas y relativamente sencillas de aplicar.
Existen lenguajes de programación que gestionan la memoria de manera automática y previenen muchos de estos desbordamientos, existen herramientas de análisis estático que pueden detectar patrones de código peligrosos, existen técnicas de prueba como el fuzzing que consisten en lanzar contra los programas cantidades ingentes de datos aleatorios o malformados para ver si alguno consigue hacerlos fallar.
Pero la realidad es que el software es cada vez más complejo, los plazos de desarrollo son cada vez más ajustados, y la presión por sacar productos al mercado hace que estas comprobaciones, que requieren tiempo y recursos, queden a menudo relegadas a un segundo plano. El resultado es que vivimos rodeados de sistemas que funcionan correctamente el noventa y nueve por ciento del tiempo, pero que en ese uno por ciento restante, cuando reciben la entrada inesperada, el dato malicioso, el paquete diseñado por alguien con malas intenciones, revelan sus grietas.
Sin embargo, como demuestran los ejemplos más recientes, el camino por recorrer es todavía largo, y cada nuevo descubrimiento nos recuerda que la vigilancia no puede relajarse. Así que la próxima vez que introduzca los datos de su tarjeta de crédito en una página web, que se conecte a la red wifi de un aeropuerto, que abra el correo electrónico en su teléfono móvil, recuerde el latido que sangró.
Recuerde que detrás de cada conexión segura hay líneas de código escritas por personas, y que las personas se equivocan. Recuerde que la seguridad absoluta no existe, solo la gestión inteligente de los riesgos. Y recuerde, sobre todo, que en el mundo digital, como en el mundo físico, la confianza es un bien precioso que debe ser ganado día a día, porque basta un descuido, una línea de código olvidada, una comprobación omitida, para que todo el castillo de naipes se venga abajo y los secretos que creíamos a salvo empiecen a sangrar, latido tras latido, en la oscuridad de la red.
Y claro está que la historia de las vulnerabilidades en implementaciones de protocolos no termina con Heartbleed, ni mucho menos. Es una historia que se repite cíclicamente, adoptando formas distintas, pero con la misma esencia de fondo: la complejidad del software y la dificultad de prever todos los comportamientos posibles cuando entidades externas pueden manipular las entradas del sistema. Años después de Heartbleed, los investigadores continúan descubriendo brechas igualmente inquietantes en los lugares más insospechados, y cada nuevo hallazgo nos recuerda que la seguridad no es un estado que se alcanza de una vez para siempre, sino un proceso continuo de vigilancia, corrección y mejora. Pero dejemos material para próximas ediciones de esta columna, donde este autor estará muy dispuesto a compartirlas con todos ustedes. Por hoy nos despedimos. Hasta la próxima semana.
Publicado en: Código seguro, Cubadebate
Canje de terroristas y mercenarios por paneles solares, jaranean en Cuba
«Bread and roses»: la historia de Estados Unidos corregida por Howard Zinn, Daniel Mermet y Olivier Azam. Por Isabelle Le Gonidec, 28/01/2026
En las pantallas de cine en Francia, desde el miércoles 28 de enero de 2026, se estrena la segunda parte de la adaptación de la obra monumental del historiador estadounidense Howard Zinn, «Una historia popular de los Estados Unidos de 1492 hasta nuestros días», firmada por Daniel Mermet y Olivier Azam. Una segunda película que continúa la deconstrucción del mito del sueño americano y se interesa más específicamente por la colonización del territorio por parte de los europeos, el destino reservado a los pueblos originarios y a la mano de obra importada, los negros. Los olvidados de la historia oficial y, según los autores, un «contrafuego a la guerra ideológica llevada a cabo por Donald Trump», quien ha denostado la enseñanza de Howard Zinn. Una película que aporta una mirada salvadora en un momento en que el presidente de los Estados Unidos impone su ritmo y sus dictados al resto del planeta.
La Estatua de la Libertad reinterpretada para la segunda parte de la
adaptación del libro «Una historia popular de los Estados Unidos» de Howard
Zinn. Chenea Bullock, mestiza de negro y amerindio, símbolo de los marginados
del relato nacional estadounidense, cuya historia cuentan la película y el
libro. © LesMutins.org
Por: Isabelle Le Gonidec, 28/01/2026
«Queremos pan y también
rosas»… Este poema, que se convirtió en un himno de las luchas obreras a
comienzos del siglo pasado, fue cantado durante la investidura del nuevo
alcalde de Nueva York, Zohran Mandani, el 1 de enero. Es también la banda
sonora de las dos películas inspiradas en la obra de Howard Zinn, Una
historia popular de los Estados Unidos.
La primera parte (2015)
estaba ampliamente dedicada a desmontar el mito de un país en el que todo era
posible, incluido convertirse en millonario si se tenía la ambición, el mito de
la igualdad de oportunidades y del éxito de todas las aspiraciones. Se relataban
la violencia de las relaciones sociales, el trabajo infantil, la condición de
las mujeres, con punto culminante en la gran huelga de las obreras textiles de
Lawrence, en Massachusetts, en 1912, que celebra la canción.
La guerra contra el fascismo: los buenos contra los
malos
Se trata siempre de contar
la historia de los conejos, explica Daniel Mermet, para no dejar que los
cazadores tengan la exclusividad del relato. «Howard Zinn nos cuenta la
historia de quienes hacen la historia sin saberlo», recuerda el realizador.
La célebre obra del
historiador, nacido en 1922 y fallecido en 2010, se nutrió de su propia
historia familiar. Hijo de padres judíos originarios de Europa del Este, creció
en Brooklyn en una familia obrera golpeada de lleno por la gran crisis surgida
del crack bursátil de 1929. De niño, cuando la factura de la electricidad
estaba pagada, leía primero a Dickens y luego a Marx. Alistado para «combatir
el fascismo» durante la Segunda Guerra Mundial, Zinn fue bombardero y
participó en el terrible e inútil bombardeo de Royan, en Francia, en enero de
1945. «Ya estaba politizado y era “radical” —cuenta Zinn en la
película—, pero fue a partir de la guerra que comprendí realmente que no
había por un lado los buenos [nosotros] y por el otro los malos, que el mundo
era más complejo». Gracias a su compromiso en el ejército pudo, sin
embargo, realizar estudios superiores, convertirse en profesor de historia y
luego escribir y militar contra las guerras.
Ese discurso simplista de
buenos y malos lo hace completamente suyo el presidente Trump. En una secuencia
del filme se le ve, en septiembre de 2020, referirse al libro de Zinn —que tuvo
un gran éxito popular en su publicación en 1980— como una obra de propaganda
que avergonzaba a los jóvenes estadounidenses de su propia historia. «Nuestros
hijos son educados por panfletos de propaganda como los de Howard Zinn. La
izquierda ha desnaturalizado y mancillado la historia estadounidense». Un
libro que habría que proscribir, ya que ha sido objeto de censura en varias
universidades de Indiana o de Arizona, subraya la película. Otros, en cambio,
han difundido la obra de Zinn, como el cantante Bruce Springsteen o el actor
Matt Damon, quien —en el personaje de Will, joven autodidacta marginal— lo cita
en la película Good Will Hunting de Gus Van Sant (1997): «Si quieren
leer un verdadero libro de historia, lean “Una historia popular de los Estados
Unidos”…».
Con fragmentos de
entrevistas al historiador (filmadas en Francia y en Boston), abundantes
imágenes de actualidad extraídas de archivos audiovisuales, animaciones y
entrevistas con actores sociales o simples transeúntes, la película teje una
trama densa que abarca la historia de las Américas desde la colonización
europea, pasando por la trata de esclavos africanos inducida por las masacres
de poblaciones indígenas, hasta finales de los años cincuenta y los inicios de
la lucha por los derechos civiles en la que Zinn participó, lo que le costó ser
despedido del instituto donde enseñaba en Georgia.
Una colonización que no tenía una misión civilizadora sino claramente depredadora, motivada por la búsqueda de oro y riquezas. Fue el inicio violento de un sistema integrado de tecnologías, negocios, política y cultura que dominaría el mundo durante los cinco siglos siguientes, explica el historiador. Como ejemplo, la película hace estallar el mito fundacional de Acción de Gracias (Thanksgiving), pilar del relato nacional que celebra alrededor de un banquete el encuentro entre europeos y pueblos indígenas, al estilo de los grandes festines fraternales de los álbumes de Astérix el Galo. También señala la violencia de la segregación racial experimentada por Zinn en el ejército estadounidense durante la guerra y las reticencias de muchos negros a alistarse debido a la exclusión que sufrían en su propio país.
Reescribir la historia: desmantelan una exposición
sobre la esclavitud en Estados Unidos
Una exposición al aire libre
que relataba la historia de la esclavitud en Estados Unidos fue desmantelada en
un barrio histórico de Filadelfia, informó la Agencia France-Presse el viernes
23 de enero. «Es totalmente inaceptable que el Servicio de Parques Nacionales,
bajo la dirección del presidente Donald Trump y del ministro del Interior Doug
Burgum, haya desmantelado una exposición sobre la esclavitud», escribió en su
cuenta de X Kenyatta Johnson, presidente del Concejo Municipal de la ciudad,
cuna de la democracia estadounidense. La ciudad de Filadelfia presentó por su
parte una demanda contra el Servicio de Parques Nacionales.
La demanda indica que «el
Servicio de Parques Nacionales retiró (el jueves) obras de arte y paneles
informativos (…) que hacían referencia a la esclavitud». Se trata de «un
intento de reescribir la historia estadounidense» en detrimento de los
negros, estimó Johnson. «No se puede borrar la historia simplemente porque
es incómoda», añadió.
La exposición, titulada Libertad
y esclavitud en la construcción de una nueva nación, estaba instalada desde
2010 en la President’s House de Filadelfia, primera residencia oficial del
presidente de Estados Unidos cuando la capital federal se encontraba en esa
ciudad de Pensilvania. Allí residió, entre otros, el primer presidente estadounidense,
George Washington (junto con nueve de sus esclavos, a quienes la exposición
rendía homenaje). Este lugar estará bajo los reflectores en julio con motivo
del 250º aniversario del nacimiento de Estados Unidos.
Según la municipalidad de
Filadelfia, el desmantelamiento «probablemente» se produjo a raíz de un
decreto firmado por el presidente Donald Trump en marzo para «restablecer la
verdad en la historia estadounidense» y eliminar los «relatos
conflictivos». Ese decreto citaba como ejemplo, para denunciarla, la
exposición sobre la esclavitud en Filadelfia. «Censurar la historia de la
esclavitud en Estados Unidos es una traición a los principios de nuestro país»,
afirmó en redes sociales el diputado demócrata Brendan Boyle.
La historia, una herramienta de emancipación
«Todos
esos libros de historia estadounidense que se centran en los Padres Fundadores
y en los presidentes sucesivos pesan enormemente sobre la capacidad de acción
del ciudadano común», subraya Howard Zinn en su
libro. Sin olvidar a los «barones ladrones» de la industria y de las
finanzas denunciados en la primera película.
Una reflexión extrapolable a
muchas formas de enseñar la historia en las escuelas del mundo: construir una
nación a partir de mitos fundacionales para crear un relato nacional. Para
Howard Zinn, por el contrario, la historia debe ser una herramienta de emancipación.
En 2008 lanzó el Zinn Education Project,
destinado a proporcionar herramientas a los docentes para hacer reflexionar a
estudiantes de secundaria y bachillerato sobre la historia y la forma de
contarla.
En contraposición a la
historia oficial, los realizadores eligieron a Chenea Bullock, mestiza de negro
y amerindio, para cerrar su relato e encarnar el propósito de Zinn. La joven
cuenta cómo los pueblos originarios acogían en sus reservas a los esclavos
negros fugitivos que huían de los cazadores de esclavos o de la policía, a lo
largo del trazado del ferrocarril clandestino hacia el Norte. La solidaridad de
los despojados con los perseguidos, la solidaridad de los conejos a quienes
Howard Zinn y esta película dan voz.
(*)
Une histoire populaire des États-Unis, de 1492 à nos jours, Ed. Agone,
Mémoire Sociales, 2002.
► Sobre este «gran borrado» de los
archivos de la administración Trump, artículo en el blog de Les Mutins, el
productor de la película.
https://lesmutins.org/le-retour-de-zinn-1-2-donald-trump
► Se está preparando una tercera parte
de la adaptación de la obra de Howard Zinn.
► Otro libro: Une histoire populaire de l'empire américain, adapté par Mike Konopacki et Paul Buhle, Ed. Vertige Graphique, 2009 (novela gráfica que aborda el imperialismo de Estados Unidos, especialmente en América Latina y en Asia).
Chenea Bullock cierra la segunda parte de la adaptación del libro de Howard
Zinn. Ella encarna en un doble sentido a los «conejillos» que mencionan Daniel
Mermet y Olivier Azam. Mestiza de afrodescendiente y amerindia, es figurante en
la recreación del poblado donde se supone que vivieron los pasajeros del
Mayflower en 1620. Unos puritanos británicos considerados como los pioneros de
la colonización del territorio que se convertiría en los Estados Unidos.
Tomado de RFI (https://www.rfi.fr/fr/am%C3%A9riques/20260128-bred-and-roses-howard-zinn-histoire-populaire-etats-unis-corrig%C3%A9e-daniel-mermet-olivier-azam)
Traducción: Europa por Cuba
Mentiras de Marco Rubio, y chillería de la mafia de Miami
Otra vez los tiros les saldrán por la culata a Washington
CUBA/FRANCIA: TEÓFILO STEVENSON, JUANTORENA Y CASANAS EN "TRITÓN" ANTES DE LA FIESTA DE L'HUMANITÉ EN 1976. Por Michel Taupin.
En 2016, José Fort me envió esta foto de Teófilo Stevenson, uno de los mejores boxeadores cubanos de todos los tiempos (triple campeón olímpico), tomada en París el jueves 9 de septiembre de 1976.
Después de su título de 1976,
los promotores estadounidenses le ofrecieron una beca de cinco millones de
dólares para que jugara como profesional contra Mohamed Ali, entonces campeón
del mundo de pesos pesados. Pero Teófilo Stevenson se mantuvo leal a la Revolución
cubana, que prohibía el deporte profesional. "¿Qué es un millón de dólares
comparado con el amor de ocho millones de cubanos?", exclamó.
Antes de ir a la Fiesta de L’Huma,
vino con Juantorena y Casanas para apoyar a los trabajadores en huelga de la
fábrica Tritón (*). Estos tres grandes deportistas, embajadores de su país,
fueron recibidos como héroes en la fábrica y luego en la fiesta de L’Humanité.
Estaban allí con toda modestia:
Alberto Juantorena, que acababa de ganar los 400 y 800 metros en los Juegos Olímpicos
de Montreal, Alejandro Casanas, que había quedado segundo en los 110 metros por
detrás del francés Guy Drut y Teófilo Stevenson, leyenda del boxeo cubano.
Teófilo Stevenson, tres veces
campeón olímpico, falleció de un ataque al corazón a los sesenta años.
Considerado el mejor boxeador amateur de su generación, el peso pesado había
ganado el oro olímpico en 1972 en Múnich, cuatro años más tarde en Montreal y
en 1980 en Moscú. Después de haber colgado los guantes, Stevenson se había
convertido en entrenador de boxeo y fue alguna vez vicepresidente de la
Federación Cubana de Boxeo.
(*) Triton, una empresa familiar mediana especializada en la construcción de lavadoras industriales, desató uno de los conflictos más largos de Francia, después de la decisión del 21 de enero de 1975 de despedir a 150 trabajadores.#CubaFrance