Washington atrapado en una telaraña


Por Patricio Montesinos

El régimen de EE.UU. está cada vez más atrapado en una telaraña, tras emprender en febrero pasado una nueva guerra contra Irán, junto a su aliado Israel, de consecuencias imprevisibles para el decadente imperio de Washington.

La actual administración de la Casa Blanca subestimó la capacidad defensiva y ofensiva de Teherán, y calculó erróneamente los daños que podría causarle el conflicto que ya se entiende por más de un mes.

El presidente Donald Trump aseguró que la intervención castrense duraría escasos días y ha proclamado mintiendo, una y otra vez, la victoria de EE.UU.

Sin embargo, la extensión de su cruzada y el reciente anuncio del ocupante del Despacho Oval de emprender una invasión terrestre con miles de marines y soldados a la nación persa evidencian lo contrario.

El influyente periódico estadounidense The New York Times publicó este fin de semana un artículo que tituló: Ultimátums descabellados y bombardeos a mansalva, un retrato de la guerra de Trump, en el cual se subraya que sus drásticos vaivenes se han combinado para dar a su gestión del conflicto un carácter errático e improvisado.

Washington y Tel Aviv no han podido doblegar a Teherán que ha respondido con extraordinaria potencia a los enemigos, causándoles daños multimillonarios a sus respectivas sofisticadas maquinarias bélicas, y numerosas bajas de efectivos, aunque los agresores impidan con una censura extrema se difundan sus reales pérdidas.       

A la avisada ofensiva por tierra, Irán ha contestado en tono irónico que les darán la bienvenida, como se merecen, a los invasores.

Esa determinación de Trump puede enredarlo aun más en la telaraña que el mismo se ha tejido por su afán de dominar el petróleo iraní y del mundo, e imponer a toda costa su dominio global.

La conducta enfermiza de quien se cree el emperador del siglo XXI ha provocado que sus aliados europeos y de otras regiones se distancien de él, al mismo tiempo que en su país sea más rechazado por políticos, altos mandos militares, personalidades, y el pueblo en general.

Un ejemplo de ello, de tantos, fueron las manifestaciones denominadas No Kings (No Reyes) escenificadas en las últimas horas por millones de estadounidenses, en las que demandaron la salida de Trump de la Casa Blanca por sus guerras, amenazas, agresiones, violencia, persecución de migrantes, y su desaprobada por muchos gestión económica.

A juicio de analistas, el actual presidente de EE.UU. ha destrozado las relaciones y normas internacionales, y está llevando al mundo al holocausto, lo que se evitaría si termina expulsado de su trono, y enjuiciado por crímenes de lesa humanidad.              
    

Más solidaridad con Cuba frente a bloqueo y asedio de EE.UU.


Por Patricio Montesinos

Contrario a su propósito de asfixiar y aislar a Cuba, el régimen de EE.UU. con su actual política agresiva ha conseguido multiplicar la solidaridad internacional hacia la isla caribeña, y la capacidad de resistencia y unidad de su pueblo. 

Es cierto que el prolongado cerco económico, comercial y financiero de Washington, arreciado a principios de este año con un bloqueo energético, ha obligado a la mayor de las Antillas a enfrentarse a una grave crisis que daña a todos los sectores de la sociedad.

Pero esa conducta del gobierno del mandatario de Donald Trump ha intensificado a la vez, para su pesar, la solidaridad y el respaldo global al decano archipiélago del Caribe.

Ejemplos son numerosos, entre ellos la reciente visita de más de 600 amigos de los cinco continentes que llegaron a La Habana con ayuda humanitaria en los llamados Convoy y Flotilla Nuestra América procedentes de Europa y México, respectivamente.

Igual desde la nación azteca han arribado a Cuba varios barcos de su armada con donaciones del gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, y de sus compatriotas.

La solidaridad con la isla se extiende por el mundo entero, desde donde llegan ayudas materiales, y al mismo tiempo se escenifican manifestaciones contra el bloqueo y las constantes embestidas de EE.UU.

Washington no aprende, y otra vez choca con la misma piedra, porque con su fracasada política de destruir la Revolución cubana lo que ha logrado siempre es hacerla más indestructible. 

Olvidan además, con sus amenazas de posible intervención castrense, que el pueblo del archipiélago caribeño le propinó a EE.UU. su primera derrota en América Latina frente a la invasión mercenaria de Playa Girón (Bahía de Cochinos), en 1961, y mantuvo una posición de firmeza durante la llamada Crisis de Octubre o de los Misiles, en 1962.  

Realmente tienen muy mala memoria. No recuerdan la victoria militar de Cuba contra los sudafricanos, que terminó con el fin del apartheid en ese país, la liberación total de Angola y la independencia de Namibia. 

Tampoco recuerdan que la mayor de las Antillas ha estado y está lista para enfrentar una eventual embestida imperialista. 

Esa preparación para su defensa forma parte de la estrategia de la Guerra de Todo el Pueblo que creó el líder histórico de la Revolución, Fidel Castro, frente a las continuas amenazas de EE.UU. 

Vale aconsejarle a Washington que Cuba es Cuba, y no se parece a nadie. Lo ha hecho ver en repetidas ocasiones desde el 1 de enero de 1959.

Los corderitos del “escudo de EE.UU. de las Américas”



Por Patricio Montesinos

Dos de los gobiernos corderitos de EE.UU, Ecuador y Costa Rica, decidieron obedecer la orden de su amo de expulsar sin justificación alguna a diplomáticos cubanos en esas naciones, luego de que en una reciente minicumbre celebrada en Miami fue creado por Washington el denominado escudo de las Américas.

En esa cita selectiva participaron dignatarios de derecha de una docena de países del hemisferio occidental, entre ellos los de Ecuador y Costa Rica, quienes recibieron la indicación del régimen del mandatario Donald Trump de aislar a la mayor de las Antillas, como hizo la Organización de Estados Americanos (OEA) en 1962, cuando la expulsó de ese macabro organismo regional.   

En aquella ocasión 14 Estados miembros de la OEA decidieron interrumpir sus vínculos diplomáticos con Cuba cumpliendo de igual manera las instrucciones de la Casa Blanca. No lo hicieron entonces México ni Canadá.

Ahora parece repetirse tal penosa historia, como parte de la política agresiva y de bloqueo total que el régimen de Trump aplica a la isla caribeña con el propósito de cercarla, asfixiar a su pueblo y destruir su Revolución. 

Ese fue el objetivo principal para el cual fueron citados al enclave terrorista de Miami los mandatarios derechistas serviles a la Casa Blanca, motivo por el cual no es descartable que otros gobiernos de la región interrumpan también sus nexos oficiales con el decano archipiélago antillano, acorde con analistas internacionales.

Por supuesto que ninguno de los países más influyentes de la Patria Grande, entre ellos México, Brasil, Colombia y Venezuela, además de otros pequeños, fueron convocados a la minicumbre miamense, y tampoco se sumarán a la nueva patraña del actual inquilino del Despacho Oval. 

Presiones y chantajes de seguro habrán, como es costumbre, actúan desde siempre las administraciones estadounidenses, pero igual chocarán con las adargas soberana de los cubanos y las solidarias de sus leales amigos.

El referido escudo de Washington es muy débil por su propia composición, y está destinado al fracaso porque las lanzas de ideas de Cuba están listas para agujerearlo.

Es bueno recordarle a EE.UU. que el llamado "Domo de Hierro" de Israel, que en buena parte financió el Pentágono, ha sido burlado y perforado por Irán en respuesta a la guerra injustificada que actualmente le hacen a la nación persa.  

El Domo sionista, publicitado más que la Coca-Cola, es un artefacto antimisiles que supuestamente protegía a Tel Aviv y otras ciudades de Israel, sin embargo poco ha podido impedir el impacto de los misiles iraníes en sus blancos.

Moraleja, los famosos escudos inventados, pagados y promocionados por EE.UU. no amedrentan a nadie, y mucho menos son indestructibles cuando una fortaleza moral los enfrenta.           

    

El imperio mitómano al borde del abismo



Por Patricio Montesinos

Estados Unidos a lo largo de su historia ha utilizado la mentira como arma vulgar con el propósito de justificar crímenes de lesa humanidad, asesinatos selectivos, secuestros de mandatarios, agresiones, intervenciones militares y guerras, en beneficio de sus intereses de dominación global.

El presidente Donald Trump, no es la excepción entre sus predecesores, por el contrario, es el máximo exponente de la mitomanía que, más que una enfermedad psicológica, es parte de una muy vieja política de Washington dirigida a imponerse en el mundo.

Engañar asiduamente a la opinión pública internacional con declaraciones contradictorias y ambivalentes ha sido una práctica de Trump, desde su primer mandato, e intensificada a su retorno a la Casa Blanca el pasado año.

Ejemplos de su conducta agresiva y embustera son numerosos en la actualidad, entre los que sobresalen la guerra desatada contra Irán, el secuestro del jefe de Estado de Venezuela, Nicolás Maduro, y las continuas agresiones a Cuba, como el recién el bloqueo petrolero que le arreció aún más el prolongado cerco económico, comercial y financiero a la isla caribeña.  

El guion farsante ha sido el mismo: es necesario un cambio de régimen en esos países porque constituyen una amenaza a la seguridad de EE.UU. Hay que obligarlos a negociar con un puñal en el pecho para que sus máximos dirigentes abandonen el poder, y si se niegan, alentar y financiar la subversión interna en sus naciones y utilizar la fuerza para derrocarlos.

El jefe de Washington parece haberse envalentonado con el secuestro de Maduro y su esposa, a inicios del año en curso, y seguidamente la emprendió en febrero pasado con Irán, país al que le inició una guerra, en medio de negociaciones que sostenían ambas partes. 

El inquilino de la Casa Blanca, con su acostumbrada prepotencia y verborrea, le puso fecha a la derrota de la nación persa una y otra vez, pero lo cierto es que hasta hoy EE.UU. e Israel no han logrado doblegarla.

Irán ha respondido con fuerza y precisión a los ataques de sus contrincantes, y ahora Trump parece estar en un callejón sin salida, razón por la cual, aunque esconde la verdad, busca una salida negociada ante un posible escandaloso revés que puede llevarlo al fin de su sueño como aspirante a emperador.           

Los gobernantes de Teherán han reiterado que fueron Washington y Tel Aviv los que comenzaron el conflicto bélico, y le corresponde entonces a los iranies decidir cuándo se terminará la contienda. 

Han descartado además un eventual alto el fuego y un reinicio de conversaciones con sus enemigos.

Mientras tanto, EE.UU. se aísla cada vas más del mundo, incluyendo de sus aliados de la Unión Europea (UE) miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la mayoría de los cuales se han negado a un pedido del Pentágono de enviar barcos de guerra al estrecho de Ormuz para obligar a Irán a que lo abra, y permitir así el paso de los súper-tanqueros petroleros.

Teherán ha expresado al respecto que el paso de Ormuz está abierto a sus amigos, no así a sus adversarios.    

Hace pocas horas, Trump la embistió también con la prensa estadounidense, a la que acusó de traidora por informar con objetividad acerca del diferendo con Irán.   

Reza un refrán popular que la mentira tiene patas cortas. Ello se está evidenciando en el convulso mundo actual, poniendo al borde del abismo al ocupante del Despacho Oval y a su decadente imperio mitómano.                  

                
    
  

Desagradecidos y cobardes



Por Patricio Montesinos

No sé si llamarles desagradecidos o cobardes a los gobiernos de países que arrodillados a EE.UU. determinaron recientemente prescindir de la cooperación médica cubana a sus respectivos pueblos. 

En buena lid merecen ambos calificativos, y quizás otros, pero me abstendré de hacerlo, al igual que mencionar a quienes por orden de Washington suspendieron en sus naciones la ayuda solidaria y humanitaria del ejército pacífico de Batas Blanca de la mayor de las Antillas. 

El mundo sabe cuales han sido los gobiernos que han adoptado esa postura porque la Casa Blanca se ha encargado de difundirlo, vendiendo una victoria suya.  

Desde hace mucho tiempo los regímenes de turno estadounidenses han hecho de todo, sin conseguirlo, para desacreditar a los profesionales de la salud del decano archipiélago del Caribe.

La actual administración del presidente Donald Trump, y especialmente su secretario de Estado Marco Rubio, se han ensañado aun más con los prestigiosos colaboradores cubanos.

A ambos les molesta mucho que millones de personas en los cinco continentes hayan sido curadas y salvadas sus vidas por los reconocidos trabajadores de salud de la isla.

Les incomoda que el invicto ejército de Batas Blancas cubano haya enfrentado la pandemia de la Covid en numerosas naciones, y otras graves dolencias contagiosas como el ébola, mientras EE.UU. se ha dedicado a fabricar guerras y conflictos, sin preocuparles las muertes, incluso de sus propios compatriotas. 

Se conoce muy bien que el narcoterrorista Rubio emprendió hace poco tiempo una gira por Centroamérica y el Caribe para en su favor pagar, presionar y chantajear a gobernantes de derecha y frágiles autoridades de algunos países de esa área geográfica  

Además, Trump y su jefe de la diplomacia acaban de reunirse en el enclave terrorista de Miami con un grupúsculo de mandatarios de América Latina sumisos a la Casa Blanca con el propósito de imponer su dominio en la región, y arreciar el bloqueo y las agresiones contra la mayor isla antillana.

El mitómano "emperador" y su bufón Rubio se han jactado de amenazar a Cuba, y buscan aliados perversos para intentar aislarla.     

Pero como siempre, Washington obvia que en este mundo hay muchos más valientes, solidarios y agradecidos que no se venden al imperio, que desagradecidos y cobardes.  

      

El latido que enfermó a internet: Heartbleed y la fragilidad oculta en el ciberespacio

Por: Antonio Hernández Domínguez
6 marzo 2026 |




Sean bienvenidos una vez más a Código Seguro, en el día de hoy estimados lectores, comienzo pidiéndoles como cada viernes que pensemos por un momento que vivimos en una ciudad moderna, de esas que nunca duermen, donde cada edificio tiene puertas de acero reforzado, cámaras de vigilancia en cada esquina y sistemas de alarma de última generación.

Ahora bien, imagine que un día descubre que todas esas medidas de seguridad son inútiles porque alguien ha encontrado una pequeña grieta en los cimientos de cada construcción, una fisura tan diminuta que nadie la había notado durante años, pero que permite acceder no solo al vestíbulo de los edificios, sino directamente a las cajas fuertes de los apartamentos, a los diarios personales de los residentes y a las conversaciones más íntimas que ocurren dentro de esas paredes.

Eso, exactamente eso, fue lo que ocurrió en abril de 2014 con una vulnerabilidad que llevaba dos años durmiendo plácidamente en el corazón del software que protege la inmensa mayoría de las comunicaciones en internet, una brecha que recibió el nombre más poético y a la vez más siniestro de la historia de la ciberseguridad: Heartbleed, el latido que sangra.

La solución llegó de la mano de un protocolo llamado SSL (Secure Sockets Layer, o Capa de Puertos Seguros), que luego evolucionó a TLS (Transport Layer Security, o Seguridad de la Capa de Transporte), cuya función es esencialmente crear un túnel secreto entre nuestra computadora y el servidor al que nos conectamos, de manera que todo lo que viaja por ese túnel lo hace cifrado, protegido de miradas indiscretas.

Para que este sistema funcionara de manera universal, se necesitaba una implementación práctica, un código escrito que cualquier programador pudiera utilizar sin tener que reinventar la rueda cada vez que quisiera asegurar una conexión. Esa implementación se llamó OpenSSL, y con el tiempo se convirtió en el cimiento sobre el que se construyó la seguridad de más de dos tercios de los sitios web de todo el planeta, desde los bancos más grandes del mundo hasta las redes sociales que utilizamos a diario, pasando por los servicios de correo electrónico y las tiendas en línea donde realizamos algunas compras.

El problema, y esto es algo que pocos conocen, es que OpenSSL era un proyecto de software libre mantenido por un grupo reducido de voluntarios que trabajaban en su tiempo libre, con presupuestos ridículos comparados con la importancia crítica de su labor. Era como si la seguridad de todas las ciudades del mundo dependiera de un grupo de cerrajeros vocacionales que reparaban las cerraduras con sus propias herramientas y sin recibir un salario acorde al trabajo realizado.

En este contexto, en diciembre de 2011, un desarrollador llamado Robin Seggelmann, que colaboraba con el proyecto, introdujo una pequeña modificación en el código para implementar una funcionalidad relativamente menor del protocolo TLS conocida como Heartbeat, una especie de latido que permite que dos computadoras conectadas se pregunten mutuamente si siguen vivos, si la conexión debe mantenerse activa o puede darse por finalizada.

Este mecanismo es útil para no mantener abiertas conexiones innecesarias que consumen recursos, y funciona de manera muy simple: una computadora envía un paquete de datos al otro diciendo "hola, aquí tienes este mensajito de cuatro letras, y por cierto, el mensajito mide exactamente cuatro letras", y la otra computadora, para demostrar que sigue ahí, debe devolver exactamente esas cuatro letras.

El error que introdujo Seggelmann fue tan sutil que pasó desapercibido incluso para los revisores del código, y durante dos años permaneció oculto en las entrañas de OpenSSL, como una bomba de relojería silenciosa esperando su momento.

El fallo consistía en que el programador olvidó incluir una comprobación básica, de esas que parecen de sentido común cuando uno las explica pero que en la complejidad de miles de líneas de código pueden pasarse por alto fácilmente.

Cuando una computadora recibía un latido, el protocolo le indicaba cuánto medía el mensaje que debía devolver, y el programa, confiando ciegamente en esa información, reservaba un espacio en su memoria del tamaño indicado y copiaba allí los datos que le habían enviado para poder reenviarlos de vuelta.

Pero si un atacante enviaba un mensaje diciendo "aquí tienes este mensajito de cuatro letras, y por cierto, el mensajito mide en realidad sesenta y cinco mil quinientas letras", el servidor vulnerable, sin verificar que esa cifra tuviera algún sentido, reservaba diligentemente un espacio gigantesco en su memoria, copiaba las cuatro letras que efectivamente había recibido, y luego, para completar los sesenta y cinco mil caracteres que el atacante le había pedido, empezaba a rellenar el resto del mensaje con lo que encontrara en los espacios de memoria contiguos, como si un empleado de correos, al recibir un sobre que dice contener cien páginas pero solo tiene una, decidiera completar el paquete arrancando páginas al azar de los informes confidenciales que tiene sobre su mesa y metiéndolas dentro para cumplir con el peso solicitado.

Lo devastador de esta vulnerabilidad era que el atacante podía repetir esta operación una y otra vez, cada vez con una ligera variación en la posición de memoria que quería examinar, y el servidor, dócilmente, le iba entregando fragmentos de todo lo que almacenaba en su memoria viva.

Y en la memoria de un servidor viven cosas fascinantes y terriblemente sensibles: viven las claves privadas que certifican la identidad del servidor, esas que deberían ser el secreto mejor guardado y que permiten a un atacante hacerse pasar por el banco o la red social sin que nadie pueda notar la diferencia; viven las cookies de sesión de los usuarios que están conectados en ese momento, que son como las llaves de taquilla que permiten a alguien sentarse en tu butaca del cine sin necesidad de comprar su propia entrada; viven los mensajes de correo electrónico que se están procesando, las contraseñas que acaban de ser escritas, los números de tarjeta de crédito que están siendo validados.

Durante dos años, cualquier persona con conocimientos técnicos suficientes podría haber estado dando golpecitos rítmicos en los corazones de los servidores de medio mundo y escuchando, latido tras latido, los secretos que esos servidores susurraban sin saberlo.

Cuando la vulnerabilidad fue descubierta de manera independiente por investigadores de la empresa finlandesa Codenomicon y por un empleado de Google, la comunidad técnica contuvo el aliento. La metáfora médica que eligieron para nombrarla resultó escalofriantemente precisa: el corazón de internet estaba sangrando, y había estado sangrando durante años sin que nadie lo notara.

Las consecuencias prácticas fueron inmensurables: no se trataba de un virus que infectara computadoras descuidadas ni de un ataque que requiriera engañar a usuarios incautos, sino de una hemorragia silenciosa en la propia infraestructura de la red, en los cimientos mismos de la confianza digital.

Cada usuario que se había conectado a un servicio afectado durante esos dos años había potencialmente expuesto sus datos más sensibles, y lo peor es que no había forma de saber si alguien había aprovechado la brecha, porque el ataque no dejaba rastro, no alteraba archivos ni generaba alertas, simplemente permitía leer la memoria del servidor con la misma discreción con la que un ladrón de guante blanco hojea documentos en un despacho a oscuras.

La respuesta de emergencia fue titánica, pero como ocurre en estos casos, llegaba tarde y de manera desigual. Los grandes servicios como Google, Facebook o Yahoo! parchearon sus sistemas en cuestión de horas, pero miles de sitios web más pequeños, tiendas en línea de provincias, foros de aficionados, servicios municipales, permanecieron vulnerables durante días o semanas, y muchos de ellos ni siquiera llegaron a enterarse de que sus servidores habían estado exponiendo información confidencial al mundo.

La recomendación general fue cambiar todas las contraseñas, absolutamente todas, pero esa recomendación ocultaba una realidad más compleja: cambiar la contraseña no servía de nada si el servidor seguía siendo vulnerable, porque la nueva contraseña podía ser extraída al día siguiente, y tampoco servía de mucho si las claves privadas del servidor habían sido comprometidas, porque en ese caso el atacante podía descifrar todas las comunicaciones pasadas y futuras sin necesidad de seguir explotando la vulnerabilidad original.

Lo más fascinante y aterrador de Heartbleed no fue tanto la vulnerabilidad en sí misma, sino lo que reveló sobre la fragilidad de nuestro mundo digital. Demostró que la seguridad de internet descansa sobre una base de cristal, mantenida por comunidades de voluntarios cuyo trabajo no recibe el reconocimiento ni la financiación que merece muchas veces.

Demostró que un error minúsculo, una comprobación omitida por fatiga o descuido en apenas un puñado de líneas de código entre cientos de miles, puede poner en jaque la confidencialidad de las comunicaciones de millones de personas.

Demostró que la transparencia del código abierto, que es una de sus mayores fortalezas, puede convertirse también en su talón de Aquiles cuando no hay suficientes ojos revisando ese código con la profundidad necesaria. Y demostró, sobre todo, que en el mundo digital no existen fortalezas inexpugnables, solo castillos con murallas cada vez más altas construidas sobre arenas movedizas.

La paradoja de todo esto es que las soluciones técnicas para evitar estos problemas son bien conocidas y relativamente sencillas de aplicar.

Existen lenguajes de programación que gestionan la memoria de manera automática y previenen muchos de estos desbordamientos, existen herramientas de análisis estático que pueden detectar patrones de código peligrosos, existen técnicas de prueba como el fuzzing que consisten en lanzar contra los programas cantidades ingentes de datos aleatorios o malformados para ver si alguno consigue hacerlos fallar.

Pero la realidad es que el software es cada vez más complejo, los plazos de desarrollo son cada vez más ajustados, y la presión por sacar productos al mercado hace que estas comprobaciones, que requieren tiempo y recursos, queden a menudo relegadas a un segundo plano. El resultado es que vivimos rodeados de sistemas que funcionan correctamente el noventa y nueve por ciento del tiempo, pero que en ese uno por ciento restante, cuando reciben la entrada inesperada, el dato malicioso, el paquete diseñado por alguien con malas intenciones, revelan sus grietas.

Sin embargo, como demuestran los ejemplos más recientes, el camino por recorrer es todavía largo, y cada nuevo descubrimiento nos recuerda que la vigilancia no puede relajarse. Así que la próxima vez que introduzca los datos de su tarjeta de crédito en una página web, que se conecte a la red wifi de un aeropuerto, que abra el correo electrónico en su teléfono móvil, recuerde el latido que sangró.

Recuerde que detrás de cada conexión segura hay líneas de código escritas por personas, y que las personas se equivocan. Recuerde que la seguridad absoluta no existe, solo la gestión inteligente de los riesgos. Y recuerde, sobre todo, que en el mundo digital, como en el mundo físico, la confianza es un bien precioso que debe ser ganado día a día, porque basta un descuido, una línea de código olvidada, una comprobación omitida, para que todo el castillo de naipes se venga abajo y los secretos que creíamos a salvo empiecen a sangrar, latido tras latido, en la oscuridad de la red.

Y claro está que la historia de las vulnerabilidades en implementaciones de protocolos no termina con Heartbleed, ni mucho menos. Es una historia que se repite cíclicamente, adoptando formas distintas, pero con la misma esencia de fondo: la complejidad del software y la dificultad de prever todos los comportamientos posibles cuando entidades externas pueden manipular las entradas del sistema. Años después de Heartbleed, los investigadores continúan descubriendo brechas igualmente inquietantes en los lugares más insospechados, y cada nuevo hallazgo nos recuerda que la seguridad no es un estado que se alcanza de una vez para siempre, sino un proceso continuo de vigilancia, corrección y mejora. Pero dejemos material para próximas ediciones de esta columna, donde este autor estará muy dispuesto a compartirlas con todos ustedes. Por hoy nos despedimos. Hasta la próxima semana.


Publicado en: Código seguro, Cubadebate

Canje de terroristas y mercenarios por paneles solares, jaranean en Cuba


Por Patricio Montesinos

Aunque tensionados por la compleja situación que enfrentan a causa del cerco económico, comercial y financiero que le arrecia actualmente EE.UU., los cubanos no dejan de bromear y sonreír con asuntos de su actualidad.

En conversación telefónica con un buen amigo en La Habana, nos contó que sus compatriotas comentan entre risas acerca de posibles nuevos planes frente al bloqueo petrolero le impone Washington, y a recientes intentos frustrados de nuevas agresiones violentas y subversivas contra la isla caribeña.

Medio en serio, medio en jarana, mi interlocutor señaló que podría proponerse cambiar por sistemas fotovoltaicos a los terroristas fuertemente armados que fueron apresados hace pocos días en aguas cubanas, y que tenían como propósito perpetrar hechos criminales en territorio del decano archipiélago de las Antillas. 

En el caso de esos asesinos, detenidos seis en total, se les entregarían a sus amos de la Casa Blanca y de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) canjeados por 40 paneles solares cada uno.

Otros 10 panameños que llegaron recientemente a La Habana para subvertir el orden, también detenidos, serian trocados por 20 por cabeza de esos equipos que generan energía limpia.  

Similar se podría hacer con quienes desde Miami son llamados presos políticos en Cuba, claro, que en el caso de estos últimos serían solo 5 paneles percápita porque en realidad son calificados como delincuentes de poca monta.

El plan se le presentaría como un gesto de buena voluntad al régimen del mandatario Donald Trump, quien se comprometería a entregar los sistemas fotovoltaicos, y se llevaría a EE.UU. a todos esos mercenarios.

De esa manera, Cuba paliaría en alguna medida la crisis que padece por el bloqueo petrolero que le aplica Trump, e incrementaría aun más su soberanía energética, que avanza a pasos firmes con un gran programa de generación eléctrica solar.     

Asimismo, se le abriría una nueva grieta al cruel asedio que sucesivas administraciones de la Casa Blanca le han impuesto al pueblo de la nación caribeña desde hace casi siete décadas.

El amigo recordó que el líder histórico de la Revolución cubana, Fidel Castro, canjeó por compotas a los mercenarios capturados que participaron en la invasión castrense de Playa Girón (Bahía de Cochinos) en 1961, considerada la primera derrota del imperio de EE.UU. en América Latina.

Sin duda alguna los cubanos no pierden su sentido del humor ni en las peores circunstancias. Lo han demostrado en numerosas ocasiones, como también lo han hecho en busca de alternativas para sobrevivir y vencer a su cercano vecino del norte.      

Chapó ante ellos, como dicen en España a quienes se les tiene admiración y respeto.