
A pesar de todos los esfuerzos, no pudieron norteamericanizarnos, y en 1959 una Revolución triunfante barrió la ignominia del país y abrió las alas de la Isla que remontó el vuelo hacia su destino como país libre y soberano.John Quincy Adams, diplomático y político estadounidense, quien llegó a ser el sexto presidente de Estados Unidos (1825-1829), tiene en su currículo, más allá de otras aventuras imperiales, un fallido «aporte» a las ciencias.
Adams formuló, el 28 de abril de 1823, hace 200 años, la teoría de «la fruta madura», según la cual Cuba, por su cercanía geográfica, debido a cierta ley de atracción, debía caer en manos de EE. UU.
«Pero hay leyes de gravitación política como las hay de gravitación física, y así como una fruta separada de su árbol por la fuerza del viento no puede, aunque quiera, dejar de caer en el suelo, así Cuba una vez separada de España y rota la conexión artificial que la liga con ella, es incapaz de sostenerse por sí sola, tiene que gravitar necesariamente hacia la Unión Norteamericana», afirmó el político.
Meses después, definida la política hacia Cuba, el Gobierno estadounidense extendería, con la Doctrina Monroe, su estrategia para todo el continente.
Tener en el bolsillo del Tío Sam la llave de las Américas, abriría las puertas del Caribe y el resto de América al naciente imperio. Desde entonces, la política de los presidentes de EE. UU. ha sido diseñada para responder a ese objetivo geoestratégico.
Así se opusieron en 1826 a la propuesta del libertador Simón Bolívar, llevada al Congreso de Panamá, para independizar a Cuba de España e intentaron comprarla en 1848, 1853 y 1857, etc.
Al estallar la Guerra de los Diez Años, mientras México, Colombia, Bolivia, Chile, Venezuela, y otras repúblicas latinoamericanas reconocían la beligerancia de los cubanos, Estados Unidos mantuvo no solo una actitud pasiva, sino hostil a la insurgencia.